El todo que nos hace humanos

Opinión por Lucrecia Casemajor -lucreciacasemajor@gmail.com

Ciudad de Buenos Aires en cuarentena Foto NA: Damián Dopacio



Estas últimas semanas, con motivo y como efecto de la duración de la cuarentena, a medida que van pasando los días nos dejamos ganar territorios de nuestra humanidad más preciada, en el lugar que nos permite ser con otros, donde brota el mejor desarrollo para ser constructores de puentes y de encuentros. 

Aunque algunas personas dirán que esto ya sucedía antes de la pandemia, me quiero limitar al universo de quienes pueden hablar y decir, actuar y obrar de buenas maneras, de acuerdo a pensamientos con valores y acciones solidarias, pero que de a poco se van dejando ganar por el encierro. 

No podemos perder de vista que antes de reaccionar se hace necesario reflexionar. Y esto significa tomar tiempo para pensar, evaluar, discurrir, recapacitar, estudiar, madurar eso que está en la mente o en el corazón respecto de algo o de alguien.

Acaso no nos estemos parando a reflexionar y reaccionamos directamente, sin darnos cuenta que eso que me pasa es algo que está dentro mío. Quizá no nos estamos permitiendo mirarnos por dentro primero. 

Y suele ser tan bueno y bello eso de abismarme −ensimismarme, sumergirme, abstraerme− por un tiempo para dar lugar a la observación profunda y certera de mí mismo. Antes de responder, antes de contestar, antes de creer que ya tengo una verdad absoluta acuñada. Antes de soltar el prejuicio que tengo hacia esa persona que habla o actúa y que de alguna manera me muestra mi propia debilidad. 

Es por eso que hacer una reflexión profunda de las relaciones y los vínculos que vamos estableciendo en nuestra vida actual nos lleva a replantearnos las violencias que, más allá de nuestra percepción consciente, podemos estar viviendo y/o generando de más cerca o de más lejos.

Por esto, debemos reflexionar antes de reaccionar y  de abrir la boca para opinar livianamente. Ahora es el momento de hacerlo porque tenemos tanto tiempo. Ahora que recibimos a diario tantas cosas por las redes.  Pensar antes de cortar y pegar un texto que sin contexto nos lleva a descontextualizarlo. Eso de lo que nos quejamos que hacen los periodistas y los medios. Tampoco podemos enviar algo que nos vino sin leerlo y sin citar la fuente. Porque caemos en la reacción inmediata y no nos estamos permitiendo preguntarnos profundamente para qué y a quién lo envío. Reflexionar, discernir, buscarme primero a mí misma para poder interactuar responsablemente con los demás.

Mi madre decía que no podemos andar por la vida “hiriendo la susceptibilidad de las personas”. Porque nadie sabe dónde le pega a alguien, en qué lugar de su susceptibilidad lo hiero. Porque si suelto al aire palabras que no siempre se las lleva el viento y, aunque me intención no es la de lastimar, puedo acertar allí donde más duele y ni siquiera darme por enterada. 

En este tiempo de aislamiento, apostar por las preguntas a mí misma puede dar fruto de buenas respuestas. Palabras y hechos. Hechos y palabras. Un todo que nos constituye y nos hace humanos si no perdemos el equilibrio.



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