La propia y la ajena

Colaboración por Lucrecia Casemajor -lucreciacasemajor@gmail.com




Hay un marco de muerte en nuestra realidad que pareciera invadirnos sin remedio y en el que nos guste o no estamos inmersos, con el agregado de las realidades del resto del mundo que se nos muestran como si fueran películas de ciencia ficción. A veces, nos parece mentira este tiempo nuestro y no encontramos explicación que pueda darle forma a esta especie de locura intransitable, que nos come la vida en conversaciones, miedos y temores. 

Como nunca antes, seguimos siendo espectadores atónitos, asombrados e impotentes ante las vidas ahogadas en los ríos, las muertes anticipadas en las rutas, las desatadas por las violencias de los femicidios, por la violencia y punto, por los nuevos virus, las drogas, la desnutrición, la guerra, los descartes humanos del tipo que sean y también por los suicidios homeopáticos cotidianos que provocan enfermedades mortales.

Y entonces, quizá debamos preguntarnos que nos está sucediendo con la vida, con la propia y con la ajena. Porque pareciera que cuando hablamos de la vida, sólo podemos concebirla como nuestro tiempo cronológico sobre la tierra. Las más de las veces, sólo estamos pensando la vida como el tiempo que dura la propia, sin pensar que es mucho más extensa que ese cronos de cada uno. Porque en definitiva, cada ser, cada persona, es un eslabón en la cadena del ADN universal. 

Si pensamos la vida como creadora sin tiempo, como contenedora total de la vida de cada ser y de cuanto nos rodea en nuestro hábitat, sea una pequeña isla cotidiana o en la inmensidad del universo, podremos disponermos a ser parte de esa cadena. 

Por esto, cada vida en sí misma es única, irremplazable e irrepetible. Cada ser es sagrado porque es un embajador, un representante de esa vida infinita que debemos recrear. 

Porque el valor de la vida no se mide en cifras, no se especula en estadísticas. Cuando una enfermedad es mortal, no hay estadística que soporte el dolor de esa persona o el de los familiares. Cuando una sola persona tiene hambre, no hay estadística que explique el porcentaje que bajó el desempleo. Cuando una mujer es muerta por la mano de un hombre no hay estadística y punto. Y así en toda muerte. 

El mundo está necesitado de un cambio de perspectiva y necesita de nuestro esfuerzo. Esto quiere decir, personal en primer lugar, y luego familiar, comunitario, entrelazado con las vidas de cada uno. La red se construye necesariamente entre todos y todas. Y cada persona es un punto único en ella.  

De las necesidades nacen las obligaciones y es por eso que de esa necesidad nace nuestra obligación de poner la vida como valor supremo, porque debe ocupar el centro de atención de nuestros pensamientos, reflexiones y acciones. 

¿Cómo prepararse uno mismo para enfrentar los cambios? Si bien no hay reglas únicas,  hay algunos pasos a seguir que podrían orientarnos. 

Uno es practicar la inofensividad, lo que quiere decir ser transparente, directo, frontal, mostrarse como uno es y no como piden los demás. 

Otro, no desear nada para mí mismo, separado del mundo, lo que significa sencillamente, no ser egoísta, buscar lo que nos une como ciudadanos de este mundo, ir al encuentro de lo que le pasa al otro. 

Y por último, buscar el signo de lo sagrado y único que cada vida tiene en sí.

Debemos prestarnos al abordaje de un sinceramiento profundo ante un desafío que nos iguala acerca de aquellas cosas que necesitamos para renovar nuestras formas de fundar sentido y valor en cada gesto, en cada actitud y asumiendo nuestra responsabilidad vital primera de comenzar a dar valor a nuestra propia vida.



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